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Proteger a los niños en línea requiere más que prohibiciones en las redes sociales

Por qué la prohibición en las redes sociales puede crear nuevos riesgos

9 de julio de 2026

Durante más de dos décadas, trabajé para proteger a los niños de la explotación en línea, primero como Comandante del Grupo de trabajo de delitos en Internet contra los niños de Nueva Jersey, más tarde como director ejecutivo y cofundador de Raven (una organización sin fines de lucro centrada en el combate a la explotación infantil) y ahora estoy al frente de la política de seguridad y cumplimiento de la ley en Snap Inc. En estos cargos, investigué a depredadores infantiles, trabajé con sobrevivientes y familias, ayudé a dar forma a la política de seguridad infantil y expuse ante el Congreso sobre explotación y tecnología en línea.

Una lección me acompaña hasta el día de hoy: cuando se evita que las personas usen un entorno en línea, rara vez dejan de estar en línea. Simplemente se mueven a otro lugar. 

Esta realidad debería ser central en el debate de hoy sobre las propuestas de prohibirles las redes sociales a los adolescentes. Muchos defensores de propuestas como estas comparten el objetivo de que los jóvenes estén más seguros en línea. La pregunta es si estas políticas realmente lograrán ese resultado.

El problema de la migración

Durante las investigaciones encubiertas dirigidas a depredadores y redes de explotación infantil, vi que se repetía el mismo patrón. Cuando una plataforma se volvía más efectiva en la detección del comportamiento potencialmente dañino, los infractores se adaptaban. Cuando la moderación mejoraba, se movían. Cuando la presión de las fuerzas de seguridad aumentaba, cambiaban. Cuando las salvaguardas hicieron que fuera más difícil operar a la vista de todos, buscaron lugares con menos reglas, menos supervisión y protecciones de seguridad más débiles.

La misma dinámica se aplica a los jóvenes.

Un adolescente que quiere comunicarse en línea no pierde de repente ese deseo porque una ley le prohíbe el acceso a un servicio popular y de uso masivo. Los jóvenes con recursos buscan alternativas. La historia se repite una y otra vez. Desde salas de chat anónimas hasta plataformas alojadas en el extranjero, los usuarios encuentran otras alternativas cuando se imponen las restricciones. Los adolescentes no son diferentes.

Internet no está desapareciendo. La comunicación digital no desaparecerá. La pregunta no es si los jóvenes se conectarán. La pregunta es dónde lo harán.

No todas las plataformas son iguales

Una de las principales suposiciones equivocadas en este debate es tratar cada servicio en línea como si presentara el mismo nivel de riesgo. No es así.

Algunas plataformas, como Snapchat, invirtieron fuerte en infraestructura de confianza y seguridad, diseño apropiado para la edad, herramientas para padres, detección proactiva, sistemas de denuncia, moderación de contenido y cooperación con las fuerzas de seguridad. Estos sistemas no son perfectos, como tampoco lo son los enfoques fuera de línea para proteger a los niños. Pero cuando se diseñan con cuidado, las herramientas de seguridad de la plataforma pueden ser más escalables, más consistentes y estar mejor equipadas para respaldar la detección temprana, la denuncia y la intervención en comparación con los demás enfoques tradicionales. Pero crean algo fundamental: la capacidad de detectar y responder al riesgo.

Esa capacidad permite la intervención y la denuncia. Permite la rendición de cuentas. La capacidad de detectar y responder al riesgo real les da a los padres, las plataformas y las fuerzas de seguridad más oportunidades para identificar el comportamiento amenazante y actuar antes de que el daño pueda agravarse o incluso ocurrir.

Eso importa porque cuando los jóvenes se alejan de las plataformas responsables y respetuosas de los valores, no se mueven a un entorno neutral. En muchos casos, se mueven a espacios que son más riesgosos, no moderados o que están alojados en jurisdicciones que pueden evadir las investigaciones de las fuerzas de seguridad. En esos entornos, los padres, las plataformas y las fuerzas de seguridad tienen formas limitadas de responder con rapidez.

Cómo se ven las inversiones en seguridad en la práctica

Mi actual trabajo reforzó esta misma lección.

En Snap, pude entender cómo se ve una empresa cuando intenta construir funciones de seguridad directamente en la experiencia del producto, en vez de tratar la seguridad como algo secundario. Para los usuarios más jóvenes, esto incluye opciones de diseño y barreras de protección destinadas a reducir el riesgo y no solo a reaccionar en caso de peligro. Incluye configuraciones predeterminadas más fuertes para los adolescentes, limitando la exposición de gran alcance y creando herramientas para que las familias tengan más información sobre cómo los jóvenes utilizan el servicio.

Y no menos importante, refleja un principio básico que los formuladores de políticas deben tener en cuenta: hay una diferencia significativa entre mantener a los adolescentes dentro de entornos que tengan sistemas de seguridad, canales de denuncia, herramientas para padres y estructuras de responsabilidad, y empujarlos a espacios donde estas protecciones posiblemente ni existan.

El Centro familiar de Snapchat es un ejemplo de esa filosofía. Da a los padres y cuidadores más información respecto a con quién se está comunicando su hijo adolescente, los nuevos amigos que agregó, cómo pasa el tiempo en Snapchat, ciertos ajustes de privacidad y seguridad, opciones de intercambio de ubicación y otras señales que pueden ayudar a una familia a detectar problemáticas de manera temprana e iniciar conversaciones con más rapidez. Esas herramientas no eliminan todos los riesgos. Sin embargo, crean visibilidad y oportunidades para intervenir.

La consecuencia no deseada que los formuladores de políticas deben tener en cuenta

La principal suposición detrás de muchas propuestas de prohibición por edad es que eliminar a los menores de las principales plataformas elimina el riesgo.

Mi experiencia sugiere algo diferente. El riesgo no desaparece. El riesgo cambia de lugar.

Los formuladores de políticas deben enfocarse menos en mantener a los jóvenes fuera de las plataformas y más en hacer que las plataformas sean más seguras. Eso significa diseñar productos con protecciones apropiadas para la edad, ofrecerles herramientas significativas a los padres, invertir en equipos de confianza y seguridad, mejorar los sistemas de denuncia y detección, colaborar con las fuerzas de seguridad, aumentar la transparencia y garantizar que los jóvenes reciban educación en alfabetización digital. Estas medidas abordan el riesgo potencial directamente a la vez que proporcionan herramientas significativas, la capacidad de identificar problemas y de intervenir antes de que cualquier daño se agrave.

Seguridad por sobre lo simbólico

Proteger a los jóvenes en línea es uno de los desafíos de políticas públicas más importantes de nuestro tiempo. Pero una política efectiva requiere más que buenas intenciones. Requiere comprender cómo se comportan realmente las personas.

Mi experiencia investigando la explotación infantil, participando en operaciones encubiertas, liderando una organización de seguridad infantil, exponiendo ante el Congreso y ahora trabajando en una empresa de tecnología me ha llevado a una conclusión: los niños merecen experiencias en línea más seguras, no soluciones normativas que simplemente los oculten de la vista.

La respuesta no es solo eliminar a los jóvenes de las plataformas donde ya existen inversiones en seguridad. La respuesta es construir y exigir entornos digitales donde la seguridad, la responsabilidad y la intervención estén integradas en la propia experiencia. El objetivo no debe ser lo simbólico. El objetivo debe ser la seguridad. Y estos no siempre son lo mismo.

— John Pizzuro, director de Políticas de Seguridad y Cumplimiento de la Ley, Snap Inc.

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